Era febrero de 2018 cuando decidí aventurarme solo al sistema de cavernas de Riesgo Alto, un complejo kárstico poco documentado en la Sierra Norte de Puebla. Llevaba tres años explorando cuevas, pero esta sería mi primera expedición completamente en solitario en un sistema inexplorado.
El acceso a la cueva principal requería un rappel de 45 metros por una dolina perfectamente circular. Mientras descendía en la penumbra del amanecer, la humedad del aire me indicaba que había un sistema hídrico activo abajo. El sonido del agua se intensificaba con cada metro.
Al llegar al fondo, me encontré en una sala de unos 30 metros de diámetro con techos que desaparecían en la oscuridad. Tres galerías se abrían como bocas hambrientas. Elegí la que tenía corriente de aire más fuerte, señal de que conectaba con el exterior.
La galería principal descendía gradualmente durante casi 200 metros. Las formaciones eran espectaculares: estalactitas de varios metros, columnas perfectas y cortinas de calcita que brillaban como seda bajo la luz de mi lámpara. Documenté cada formación con fotografías y mediciones precisas.
Pero el verdadero desafío comenzó cuando llegué a un sifón. El pasaje se sumergía completamente bajo un lago subterráneo de aguas cristalinas. Sin equipo de buceo, tuve que tomar una decisión difícil. Decidí intentar un paso por un conducto lateral que parecía continuar más allá del agua.
Ese conducto me llevó a la parte más hermosa del sistema: una sala catedral de 60 metros de altura con un lago espejo perfecto. El silencio era absoluto, roto solo por el goteo constante que había esculpido este templo natural durante miles de años.
Regresé después de 8 horas bajo tierra, pero sabía que había apenas arañado la superficie de este sistema. Tres meses después, regresé con un equipo completo y equipo de buceo. Lo que encontramos más allá del sifón redefinió mi comprensión de la espeleología: un sistema de galerías de más de 3 kilómetros que conectaba con otras entradas a varios kilómetros de distancia.
Esa primera exploración en solitario me enseñó que la espeleología no es solo sobre conquistar espacios oscuros, sino sobre leer las señales que la cueva te da y respetar sus límites. Cada gota de agua, cada corriente de aire, cada formación tiene una historia que contar si sabes escuchar.